miércoles, 31 de agosto de 2016

Un grito desgarrador desde una residencia geriátrica


Esta carta representa el balance de mi vida. Tengo 82 años, 4 hijos, 11 nietos, 2 bisnietos y una habitación de 12 m2. Ya no tengo mi casa ni mis cosas queridas, pero sí quien me arregla la habitación, me hace la comida y la cama, me toma la presión y me pesa. Ya no tengo las risas de mis nietos, el verlos crecer, abrazarse y pelearse; algunos vienen a verme cada 15 días; otros, cada tres o cuatro meses; otros, nunca. Ya no hago croquetas ni huevos rellenos ni rulos de carne picada ni punto ni crochet. 

Aún tengo pasatiempos para hacer y sudokus que entretienen algo. No sé cuánto me quedará, pero debe acostumbrarme a esta soledad; voy a terapia ocupacional y ayudo en lo que puedo a quienes están peor que yo, aunque no quiero intimar demasiado.

Desaparecen con frecuencia. Dicen que la vida se alarga cada vez más. ¿Para qué? Cuando estoy sola, puedo mirar las fotos de mi familia y algunos recuerdos de casa que me he traído. Y eso es todo. Espero que las próximas generaciones vean que la familia se forma para tener un mañana (con los hijos) y pagar a nuestros padres por el tiempo que nos regalaron al criarnos.

Esta carta fue publicada en un periódico hace unas semanas por Pilar Fernández. Se trata de un grito desgarrador que envía desde la residencia donde vive actualmente. Leer sus palabras es invitar a la reflexión de aquellas familias que ingresan a sus seres queridos en residencias y que, en ocasiones, utilizan estos centros como un aparca coches. Es triste, pero la realidad demuestra que estas personas existen. De veras.

Pero ahora os invito a reflexionar un poco más allá. Por experiencia profesional, os puedo asegurar que me he topado con bastantes ancianos, en mi etapa como director de una residencia geriátrica, quejosos de la poca atención que recibían de sus familiares, algunos de ellos como Pilar. Pero si algo aprendí de aquellos años es que nadie puede juzgar el pasado de ciertas personas, tampoco los profesionales que les atendemos.

¿Conocemos quién era y cómo actuó con sus hijos aquel anciano que ahora está prostrado en la cama, frágil, inválido y que no recibe visitas? ¿Sabemos qué tipo de relación o qué carácter gastaba con la hija que nunca viene a visitarla aquella mujer, ahora anciana, de pelo blanco y mirada tierna?

Y sino que le pregunten a una amiga enfermera, ya muy veterana, que todavía recuerda la primera vez que reprendió a una familia por no ir a ver a su padre. Lo hizo una vez y nunca más, porque lo que recibió de boca de las hijas de aquel ingresado fue una lección de por vida. Le explicaron el abandono y los malos tratos psicológicos a los que el ahora tierno anciano les sometió cuando debía ejercer de padre.

Hace años, en la residencia geriátrica que yo dirigía, una de las ancianas ingresadas me pidió cómo quería ser despedida: escogió la música de su funeral, el texto del recordatorio y propuso que cada nieto le diera su último adiós con una rosa roja en el día de su funeral.

Y por último dejó constancia por escrito de un último deseo: “No quiero que mi hija comparezca el día de mi funeral”. Todos los que trabajábamos en el centro geriátrico nos quedamos boquiabiertos. Esta hija, la que finalmente quedó apartada de la ceremonia de despedida, por deseo expreso de su madre, era precisamente la que todos los días venía a visitarla a la residencia.

¿Cuál es la lección que saqué de todo aquello? Los profesionales debemos estar para apoyar, para amortiguar el dolor, pero nunca para juzgar. Ni a unos ni a otros.  

domingo, 17 de julio de 2016

Morir en casa

Cada vez las personas tienden más a morir en el hospital, en las residencias geriátricas o en los centros sociosanitarios, o como mínimo es la sensación que tengo, aunque puede que mi percepción esté un poco condicionada por el hecho de vivir en un entorno urbano. De todos modos, la crisis económica parece que, últimamente, está modificando esta tendencia.

En cualquier caso, cuando se pregunta a las persones sanas dónde desearían morir, hay una gran mayoría que optarían por hacerlo en casa. Es decir, que al final la realidad y el deseo no siempre van de la mano.

En ello pensaba hace algunos días cuando salí de ver la película francesa Un doctor en la campiña, del director Thomas Lilti, protagonizada por François Cluzet y Marianne Denicourt. El largometraje cuenta la historia y la vida profesional del doctor Jean Pierre Werner, un médico de la zona rural del norte de Francia, que debe adaptarse a la llegada de una médico más joven, sin experiencia y recién incorporada a la profesión,  Nathalie Delezia.

En el trasfondo de la relación entre ambos protagonistas se entremezclan las historias y vivencias de los vecinos de los pequeños pueblos que reciben las visitas de ambos médicos. Y el caso que me llamó más la atención es el de Monsieur Cluzet, un hombre ya muy mayor, con dificultades respiratorias, que recibe la ayuda constante en casa de una enfermera y las visitas semanales del doctor Werner, que cumple escrupulosamente con el compromiso de mantenerlo en su domicilio hasta el final de sus días.

El ritmo de la historia da un giro en el momento en que la doctora Delezia, a la vista de una crisis aguda respiratoria y siguiendo y analizando los condicionantes clínicos del paciente, decide su ingreso inmediato en el hospital. Días después, el doctor Werner opta, por su cuenta y riesgo, sacar al anciano del hospital para cumplir su palabra: dejar que éste muera en casa y proporcionarle todos los cuidados necesarios.

El doctor de la campiña logra así reunir en el domicilio de Monsieur Cluzet a todo un equipo formado por una trabajadora social, un fisioterapeuta, una cuidadora, una enfermera, la doctora Delezia, y él mismo, que actúa como director de orquesta. Cada uno tiene una responsabilidad, se le asigna un turno y una tarea, para finalmente proporcionar todo el acompañamiento y atención que requiere el anciano.

Las personas que lo desean deberían poder morir en casa, pero para que sea posible el sistema sanitario debe estar preparado con suficientes equipos de enfermeras, médicos, psicólogos y fisioterapeutas que garanticen el acompañamiento y el confort que requiere el paciente. Pero, tristemente, no siempre se cuenta con este apoyo y en el momento final muchas personas se ven obligadas a acabar muriendo en el hospital.

Monsieur Cluzet consigue unir su deseo con la realidad, ya que acaba muriendo en casa con el apoyo de todos los profesionales. ¿Podremos el resto decir lo mismo?  

sábado, 25 de junio de 2016

Morir en fiesta mayor


Esta tarde, mientras volvía a mi casa después de bajar a comprar al supermercado, me he topado, casi por casualidad con un correfoc. Estos días mi barrio está de fiesta mayor y se suceden los conciertos y las muestras populares con la feria de atracciones que está instalada en una de las calles principales de la zona en la que vivo.

Bajaba pues por una de las calles peatonales mientras una pequeña multitud de personas, vestidas con pantalones largos, camisas viejas y algunos, los más valientes, ataviados con pañuelos en la cabeza para resguardarse de las chispas del fuego de las bengalas, seguían los demonios y diablos al son de los tambores.

Cerraba la comitiva un vehículo de la Guardia Urbana, una ambulancia de la Cruz Roja –de presencia obligada en este tipo de celebraciones- y curiosamente un vehículo de Serveis Funeraris de Barcelona sin nada que le identificara como tal. A ojos de los vecinos, posiblemente se habría podido confundir con una ambulancia cualquiera.

El vehículo ha parado al lado de la parroquia del barrio, justo enfrente de un edificio de viviendas, que alberga una residencia de ancianos en el entresuelo. El conductor, con gran discreción, ha abierto las puertas traseras para sacar una camilla para llevarla hasta la portería del inmueble.

Minutos después, sin que en la calle apenas se haya percatado nadie, la misma camilla ha descendido con el cuerpo sin vida de uno de los residentes del piso del entresuelo. Mientras, a lo lejos, todavía resonaban los tambores del correfoc.

¡Qué contraste! -he pensado rápidamente. Mientras algunos hacen su vida, celebran las fiestas y se divierten –algo indispensable de nuestro día a día-, otros se van.

Entonces me ha venido a la cabeza unas palabras del filósofo Francesc Torralba, recogidas en una entrevista que le realizaron en La Vanguardia después de publicar su libro Planta cara a la muerte, en el que ofrece elementos para afrontar la pérdida de un ser querido con serenidad y mecanismos de consuelo.

Y habla también del tabú de la muerte, porque ciertamente vivimos de espalda a ella. “Es verdad que morir, morimos. Pero fíjate que distinto es cuando uno asume que la muerte forma parte de la vida. Verás cómo y de qué forma se valora cada instante que pasa. Si la vida es tan apasionante es porque es limitada y porque en este tiempo, que no sabes qué durada tiene, debes desarrollar tu proyecto de vida”. 

domingo, 22 de mayo de 2016

Celebrando la vida en su honor

Celebrando la vida en su honor. Así plasmaba con un pequeña nota sus sentimientos uno de los familiares de una persona difunta hace unos meses, después de emocionarse al recorrer la exposición Luz profunda de arteterapia en el final de la vida que estos días se puede visitar en el recinto modernista del Hospital de Sant Pau de Barcelona.

En esta muestra se puede observar las obras pictóricas fruto del proceso creativo de tres grupos de protagonistas: las personas enfermas que fallecieron después de ser acompañadas por el equipo de la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital de Sant Pau y que participaron en sesiones de arteterapia; sus familiares, que también realizaron su propio proceso creativo sobre el duelo; y finalmente artistas profesionales que tras entregarse a una introspección sobre sus propias pérdidas, se encontraron con los familiares y con la obra del ser querido fallecido, para aportar su visión del proceso.

El resultado es un trabajo plural y solidario que se asoma al vacío de la pérdida, al gesto artístico que ayuda a trascender en sufrimiento, al ciclo de la muerte y de la vida. Y donde compartir, aunque sea en silencio en muchas ocasiones, forma parte del proceso de duelo individual.

Durante el recorrido por la muestra, que deja los sentimientos más profundos a flor de piel, me llamó especialmente la atención el caso de Maria Antonia, madre de Pilar, que falleció de cáncer. Tras la muerte de su hija, esta mujer, junto con otros participantes, se reúne para expresar a través del arte su sentimiento de pérdida, de vacío.

Y lo primero que pinta es un angosto camino negro sobre fondo oscuro, que al final de todo, tras una sesión compartida con otros familiares y con los artistas profesionales, consigue convertirse en otra creación protagonizada por el mismo camino, pero esta vez sobre un fondo verde, azul y decorado con estampados coloridos.

En este caso, el arteterapia consigue que Maria Antonia se reconstruya después del contacto físico, reflexivo, espiritual y participativo con el material expuesto, en definitiva con el ciclo de la muerte y de la vida.

La historia de esta mujer, igual que la de los otros ocho familiares que participan en esta muestra, deja el corazón más que encogido. Nos obliga, voluntariamente, a reflexionar y por qué no a recordar nuestras propias pérdidas.


Un ejemplo de ello es el espacio final de la exposición en la que muchos visitantes cuelgan sus propios pensamientos, reflexiones y dibujos sobre la vida y la muerte… Los hay de clásicos, sacados de proverbios y frases robadas, y otros de creación propia, pero todos ellos hechos con el corazón y desde la profunda estimación hacia los seres queridos que se fueron. Pese a la pérdida, sigamos pedaleando, reza uno.  

jueves, 31 de marzo de 2016

La sonrisa de Bet

A veces de situaciones trágicas, dramáticas y profundamente injustas salen iniciativas que conmueven, que agitan conciencias, que remueven por dentro. Durante muchos meses he tenido encima de mi mesa de estudio el recordatorio de una chica joven, a quien no conocí, pero si parte de mi familia. 

Se llamaba Bet y murió el pasado 20 de octubre, fruto de una complicación en el embarazo. Ante la urgencia se le practicó una cesárea y su hijo Martí se salvó, pero no ocurrió lo mismo con ella.

Sus padres, hermanos y su marido intentarán, seguro, transmitir al pequeño Martí quien era su madre, pero está claro que la historia de Bet la forman todos aquellos que la conocieron, algunos más y algunos menos, y que durante sus más de 30 años de vida, estuvieron a su lado.

Para intentar que el pequeño conozca de verdad quien era su madre, ahora su familia, su tribu, tal y como se autodenominan ellos, han montado una iniciativa para pedir a todos aquellos que la conocieron que escriban a través de textos, vídeos, fotos particulares quien era Bet, su sonrisa, algo característico de ella, y cómo se hacía querer. Y para ello han creado una cuenta de correo dónde poder hacer llegar todos los recuerdos.

No conocí a Bet, pero cuando me enteré de la iniciativa me pareció algo hermoso, algo único. Un proyecto auténtico, íntimo y particular de recuperar la memoria de una persona que ya no está entre nosotros. Y de cómo fruto de un episodio desgarrador nació una idea tan bella, que prolongará, seguro que sí, la presencia de algún modo u otro, de quien fue también una de las integrantes de esta pequeña tribu.

En nombre de la familia de Bet Giró, os rogamos que todas las personas que tengáis alguna historia para explicar sobre vuestro vínculo con ella, por más breve que sea, escribid al correo sonrisadebet@gmail.com. Toda la tribu os lo agradecerá. No dejéis de hacerlo, por favor. 


domingo, 28 de febrero de 2016

Los becarios de la experiencia

Más de la mitad de la población activa en España ya tiene entre 40 y 65 años, por lo que las plantillas de las empresas están siendo cada vez más maduras. ¿Pero qué hacen las organizaciones con ello? ¿Se han adaptado? ¿Han aprendido a valorar los conocimientos de estos trabajadores o sólo se ciñen a poner en valor las habilidades que aportan trabajadores más jóvenes?

Recientemente se ha publicado un estudio, realizado por IRCO –centro de investigación del IESE- que analiza cómo gestionar personas en una sociedad madura. Sus conclusiones son varias pero apuntan a la necesidad de poner en marcha políticas para promover estilos de dirección en las empresas sensibles a esta realidad, que promuevan el talento y no valorar por la edad sino por lo que son y pueden aportar como personas.

El estudio arroja además otros datos que nos invitan a la reflexión. Uno de cada 20 trabajadores afirma haber sido discriminado en su empresa por razón de edad. La realidad es que la clave es buscar el equilibrio entre las habilidades tecnológicas, que aportan los trabajadores de menos edad, y las habilidades sociales, de conocimiento y de experiencia, que aportan los que tienen más años.

Pero, ¿quién empieza a ponerse manos en la obra? Promover el intercambio generacional y potenciar el trabajo en equipo entre trabajadores júniores y séniores es una oportunidad y valorar adecuadamente la aportación de los trabajadores de más de 50, evitando miradas cortoplacistas que empujan a los despidos son algunas de las líneas a seguir.

¿Y qué pasa con la aportación de la experiencia laboral que se ha adquirido a lo largo de la vida, cuando la persona ya entra en la etapa de jubilación? Pensaba en ello ayer, mientras miraba la película El becario, un filme protagonizado por Roberto de Niro y Anne Hathaway, en el que él da vida a un hombre de 70 años, en buena posición económica, viudo y que goza de un excelente envejecimiento saludable que acepta ser un becario sénior.

Aunque llena de tópicos, el filme acaba dando una gran lección y es el valor no sólo de las personas mayores a la hora de interaccionar con los problemas de siempre que tienen los más jóvenes –dudas, incomprensión, miedo al vacío, angustia de perder el control de su vida por culpa del trabajo- sino de aportar conocimientos para conseguir salvar el futuro de una empresa, aunque sea sin tener ni idea de cómo funciona un correo ni un perfil de Facebook. 

jueves, 7 de enero de 2016

¿Año nuevo, vida nueva, o no?

La vida tiene estas cosas. A veces la salud se pierde y de golpe y porrazo te encuentras en Nochebuena, corriendo y casi sin aliento, en las puertas de urgencias con un familiar muy próximo que ha sufrido un ataque de corazón en medio de la calle. Estas Navidades a nuestra familia nos tocó la lotería, pero no en forma de dinero, sino de salud.

Aunque la suerte nos llegó también para recordarnos, esta vez muy de cerca, que mantener unos buenos hábitos saludables –ya sabéis, no fumar, no tomar alcohol, hacer ejercicio y mantener una dieta equilibrada libre de grasas y de bollos- es fundamental para evitar este tipo de episodios. En fin, también lo es quedar libre de ciertas preocupaciones, pero esto es harina de otro costal.

Cuando a alguien cercano le ocurre algo así, recibimos todo un toque de atención. Y yo, me digo: comeré más sano, haré un poco de deporte, reduciré la copita de vino de los fines de semana, y evitaré casi todas las dosis de café y los dulces, que tanto me gustan.

A todos nos pasa, aunque no hayamos vivido episodios cercanos de pérdida de salud. Muchos estrenamos el nuevo año con la idea de hacer un borrón y cuenta nueva: cuidarnos más, intentar tomarnos la vida con más calma y centrarnos, un poco más, en nosotros mismos.

Reconozcámoslo. ¿Y sino de qué todas las promociones de matrículas reducidas que estos días recibimos para apuntarnos al gimnasio o al centro de yoga próximo a casa? Hasta las compañías dedicadas al bienestar y a promover el ejercicio físico saben que ahora es momento de captar nuevos socios, pero que muchos de ellos seguirán pagando pero abandonando.

Y es que tristemente, van pasando los días y las antiguas y nuevas preocupaciones nos nublan otra vez la mente para acabar abandonando, poco a poco, nuestros propósitos. ¿Qué pasa que nuestro cerebro tiene esta amnesia tan selectiva? ¡Se admiten apuestas!